¿Cómo sabemos que una persona está sintiendo ansiedad cuando no puede decirnos “estoy preocupado”, “tengo miedo” o “esto me está haciendo sentir mal”?
Esta pregunta es especialmente importante para algunas personas autistas que utilizan pocas palabras o no utilizan lenguaje oral para comunicarse.
En estos casos, la ansiedad puede manifestarse de maneras que no siempre reconocemos inmediatamente: cambios en el comportamiento, mayor agitación, evitación de determinadas situaciones, dificultades para dormir, necesidad de repetir ciertas acciones o una reacción más intensa ante situaciones que antes parecían tolerables.
El problema es que estas señales pueden confundirse fácilmente con “conductas problemáticas” o atribuirse simplemente al autismo o a la discapacidad intelectual.
Una nueva investigación publicada el 22 de octubre de 2026 en el Journal of Autism and Developmental Disorders nos invita a mirar más allá de la conducta y prestar atención a otros factores que podrían estar relacionados con la ansiedad.
¿Qué estudió la investigación?
El estudio incluyó información proporcionada por 165 padres y cuidadores de niños y adultos con discapacidad intelectual moderada a profunda.
Las personas tenían entre 4 y 63 años, con una edad promedio de aproximadamente 21 años. El grupo incluía personas autistas y también personas con diferentes condiciones genéticas y otras causas de discapacidad intelectual. Muchos de los participantes utilizaban pocas palabras o no utilizaban lenguaje oral.
Los investigadores analizaron diferentes factores que podían estar relacionados con la ansiedad, entre ellos:
diferencias en el procesamiento sensorial;
intolerancia a la incertidumbre;
problemas de salud física;
comportamientos repetitivos;
edad y género;
habilidades adaptativas;
características autistas.
Los resultados fueron especialmente interesantes porque tres factores aparecieron relacionados de manera consistente con mayores niveles de ansiedad:
las diferencias en el procesamiento auditivo, la dificultad para tolerar la incertidumbre y los problemas de salud física.
El ruido puede ser mucho más que una molestia
Muchas personas autistas experimentan los sonidos de manera diferente.
Un lugar lleno de conversaciones, una aspiradora, una alarma, un secador de manos, música fuerte o sonidos inesperados pueden ser simplemente molestos para algunas personas, pero para otras pueden resultar abrumadores.
El estudio encontró que las diferencias relacionadas con el procesamiento auditivo estaban asociadas con mayores niveles de ansiedad.
Esto puede ayudarnos a comprender algunas situaciones cotidianas.
Imaginemos a una persona que comienza a ponerse muy nerviosa cada vez que entra en un centro comercial.
Desde fuera podríamos pensar que no quiere entrar, que está teniendo una “mala conducta” o que simplemente debe acostumbrarse.
Pero quizás el problema no sea el centro comercial en sí.
Puede ser la combinación de voces, música, carritos, anuncios, puertas automáticas y otros sonidos que llegan al mismo tiempo.
Si no preguntamos —o no intentamos descubrir— qué está ocurriendo en el ambiente, podemos terminar intentando cambiar la conducta sin comprender qué la está provocando.
No saber qué va a pasar también puede generar ansiedad
Otro de los factores más claramente relacionados con la ansiedad fue la intolerancia a la incertidumbre.
Esto se refiere a la dificultad para manejar situaciones en las que una persona no sabe qué va a ocurrir, cuándo va a ocurrir o qué se espera de ella.
Para algunas personas autistas, la incertidumbre puede resultar especialmente difícil.
Un cambio de horario.
Una cita médica sin saber qué procedimiento van a realizar.
Una actividad que comienza más tarde de lo esperado.
Una persona diferente que viene a buscarlas.
Una ruta que cambia.
No saber cuánto tiempo tendrán que esperar.
Para quienes podemos preguntar “¿qué va a pasar?”, “¿cuánto falta?” o “¿por qué cambiamos de plan?”, esas preguntas pueden ayudarnos a reducir la incertidumbre.
Pero una persona con dificultades importantes de comunicación puede no tener una manera sencilla de obtener esa información.
Su ansiedad puede aparecer entonces a través de su comportamiento.
Por eso, anticipar lo que va a ocurrir puede ser una forma importante de apoyo.
Los horarios visuales, fotografías, calendarios, historias sociales, temporizadores, objetos de referencia o instrucciones sencillas pueden ayudar a algunas personas. No existe una estrategia que funcione para todos: lo importante es encontrar la forma de comunicación que resulte comprensible para cada individuo.
Antes de asumir que es ansiedad, también debemos preguntarnos: ¿puede haber dolor?
Quizás uno de los hallazgos más importantes del estudio sea la relación entre dificultades de salud física y ansiedad.
Cuando una persona puede explicar lo que siente, puede decir:
“Me duele el estómago.”
“Me duele una muela.”
“Tengo ardor.”
“Me siento mareado.”
Pero ¿qué ocurre cuando esa persona no puede comunicarlo fácilmente?
El dolor o el malestar pueden aparecer como un cambio de comportamiento.
Puede estar más inquieta.
Puede rechazar una actividad que normalmente disfruta.
Puede dormir peor.
Puede comer menos.
Puede golpearse una parte del cuerpo.
Puede querer permanecer en una posición determinada.
Puede parecer más irritable o ansiosa.
Y existe un riesgo importante: asumir que ese cambio “es por el autismo”.
Los propios investigadores señalan que existe una superposición entre las señales conductuales de ansiedad, dolor y otros problemas emocionales, lo que hace especialmente difícil identificar lo que está ocurriendo en personas con discapacidad intelectual significativa.
Por eso, ante un cambio importante o repentino de comportamiento, también debemos considerar la salud física.
No todo es ansiedad.
No todo es sensorial.
Y, sobre todo, no todo es “parte del autismo”.
La conducta también puede ser comunicación
Esta es una idea que considero especialmente importante.
Cuando una persona no puede decirnos claramente lo que siente, necesitamos aprender a observar de otra manera.
En lugar de preguntarnos únicamente:
“¿Cómo conseguimos que deje de hacer esto?”
podemos comenzar preguntándonos:
“¿Qué puede estar intentando comunicarnos?”
¿Hay demasiado ruido?
¿Cambió algo en su rutina?
¿Está esperando algo sin saber cuándo ocurrirá?
¿Puede tener dolor?
¿Está cansado?
¿Tiene hambre?
¿Está sobrecargado?
¿Entiende lo que le estamos pidiendo?
¿Tiene una manera efectiva de decir “no”, “necesito ayuda”, “quiero salir” o “me duele”?
No significa que cada comportamiento tenga una explicación sencilla ni que podamos descubrirla inmediatamente.
Pero empezar por buscar la causa puede llevarnos mucho más lejos que intentar controlar únicamente lo que vemos.
Los comportamientos repetitivos no necesariamente son el problema
El estudio encontró otro resultado interesante.
Cuando se tuvieron en cuenta los demás factores, los comportamientos repetitivos no aparecieron como predictores consistentes de ansiedad.
Los investigadores señalan que algunos trabajos anteriores sugieren que determinadas conductas repetitivas pueden aparecer como respuesta a la ansiedad y, en algunos casos, ayudar a la persona a regularse.
Esto es importante porque movimientos repetitivos, balancearse, manipular un objeto o repetir una acción no deberían considerarse automáticamente algo que hay que eliminar.
Antes de intentar detener un comportamiento de autorregulación, deberíamos preguntarnos qué función está cumpliendo para esa persona.
El reto de reconocer la ansiedad cuando hay poca comunicación oral
Uno de los grandes problemas que destaca esta investigación es que muchas de las herramientas utilizadas para detectar ansiedad fueron diseñadas pensando en personas que pueden explicar verbalmente sus pensamientos y emociones.
Eso deja en una situación especialmente vulnerable a personas con discapacidad intelectual moderada o profunda y a quienes hablan poco o no hablan.
¿Cómo evaluamos una preocupación constante si la persona no puede describirla?
¿Cómo sabemos si tiene miedo?
¿Cómo diferenciamos ansiedad, dolor, sobrecarga sensorial o frustración?
No siempre es fácil.
Los investigadores utilizaron dos herramientas diferentes de evaluación precisamente porque actualmente existen limitaciones importantes en la forma de medir la ansiedad en esta población. Desde entonces se ha desarrollado también una escala específicamente diseñada para personas con discapacidad intelectual y diferentes niveles de comunicación.
Esto nos recuerda algo fundamental: la ausencia de palabras no significa ausencia de emociones.
¿Qué podemos hacer las familias, terapeutas y cuidadores?
Este estudio no proporciona una fórmula para detectar la ansiedad, y tampoco demuestra que el ruido, la incertidumbre o los problemas físicos sean la causa directa de la ansiedad de una persona determinada.
Es un estudio transversal, por lo que identifica relaciones entre factores, no relaciones de causa y efecto. Los propios autores señalan que se necesitan investigaciones longitudinales para comprender mejor cómo se desarrolla la ansiedad en esta población.
Sin embargo, sí nos ofrece una manera útil de observar.
Cuando una persona que tiene dificultades para comunicar lo que siente comienza a mostrar cambios, podemos mirar diferentes áreas:
El ambiente: ¿hay ruido, demasiadas personas, luces u otros estímulos que puedan estar resultando difíciles?
La incertidumbre: ¿sabe la persona qué va a ocurrir? ¿Comprende la rutina? ¿Hubo algún cambio inesperado?
La salud: ¿podría existir dolor, estreñimiento, problemas dentales, reflujo, una infección u otro problema físico?
La comunicación: ¿tiene una manera accesible de expresar dolor, miedo, rechazo, necesidad de descanso o deseo de salir?
Los patrones: ¿ocurre siempre en el mismo lugar, a la misma hora o antes de determinada actividad?
Registrar estos patrones puede aportar información muy valiosa para familias y profesionales.
Necesitamos escuchar incluso cuando una persona no habla
Para mí, este es el mensaje más importante de esta investigación.
A veces pensamos que escuchar significa esperar a que alguien nos explique con palabras lo que ocurre.
Pero escuchar también significa observar.
Conocer a la persona.
Notar cambios.
Respetar sus formas de comunicación.
Preguntarnos qué está ocurriendo antes de juzgar lo que vemos.
Una persona autista que no puede decir “estoy ansioso” sigue sintiendo ansiedad.
Una persona que no puede decir “ese ruido me está lastimando” sigue experimentando ese ruido.
Y una persona que no puede decir “me duele” sigue sintiendo dolor.
Nuestra responsabilidad como padres, familiares, terapeutas, educadores y profesionales es intentar comprender esas señales y ofrecer formas de comunicación que permitan a la persona tener cada vez más control sobre su propia vida.
En Positive Autism creemos que una conducta no debería verse solamente como algo que hay que cambiar. Muchas veces puede ser el primer indicio de que necesitamos mirar con más atención, escuchar de otra manera y preguntarnos qué está necesitando esa persona.
Fuente científica
Edwards, G., Tarver, J., Mingins, J. E., Oliver, C., Horton, I. & Waite, J. (2026). Correlates of Anxiety in Children and Adults With Moderate to Profound Intellectual Disability. Journal of Autism and Developmental Disorders. Publicado el 22 de octubre de 2026.
DOI: 10.1007/s10803-026-07539-2
Nota: La investigación incluyó personas con discapacidad intelectual moderada a profunda de diferentes diagnósticos, entre ellas personas autistas. Por ello, sus resultados no deben generalizarse a todas las personas autistas.
https://link.springer.com/article/10.1007/s10803-026-07539-2?utm_source=chatgpt.com